Por qué una película pésima puede divertirnos más que una mediocre
Un estudio con 5.400 participantes apunta a que elegimos algunas opciones de baja calidad porque esperamos reírnos más. El atractivo disminuye cuando hay que pagar o buscamos algo útil.

Una película desastrosa puede resultar más apetecible que otra simplemente mediocre porque esperamos que nos divierta más. Esa es la explicación que plantea un estudio de 2023 sobre una preferencia que parece contradictoria: elegir algo que consideramos malo precisamente porque lo es.
El matiz importa. No significa que confundamos calidad con entretenimiento, sino que, en determinadas situaciones, podemos buscar cosas distintas en ellos. Un guion absurdo o una interpretación imposible pueden convertirse en el principal atractivo de una sesión de cine.
Lo peor puede tener más gancho que lo mediocre
El trabajo reunió doce experimentos —cinco principales y siete adicionales incluidos en un apéndice— con un total de 5.400 participantes. Los investigadores utilizaron chistes, imágenes y vídeos de pruebas de baile y karaoke para explorar cuándo se escogen deliberadamente las opciones peor valoradas.
Los resultados apuntan a que la expectativa de diversión puede compensar la falta de calidad. En uno de los experimentos, las imágenes con peores valoraciones estéticas también destacaban por su humor y su carácter absurdo.
Además, las peores opciones se eligieron con más frecuencia que las mediocres. La diferencia ayuda a entender el atractivo de ciertas películas: un desastre memorable puede ofrecer algo que una obra insípida no promete.
La información disponible no incluye la autoría ni la referencia bibliográfica completa del estudio, lo que limita la comprobación de sus detalles.
La diversión cambia cuando hay algo en juego
Ese atractivo no funciona en cualquier circunstancia. Los investigadores observaron que lo malo resulta más tentador cuando se percibe como inofensivo, barato y destinado al ocio. Pierde interés si buscamos aprender o resolver un problema.
Incluso un coste pequeño puede alterar la elección. En un experimento, cobrar 0,25 dólares por ver un vídeo redujo la frecuencia con la que se escogía la peor opción, aunque los participantes anticiparan que sería más divertida.
El cine de culto añade una dimensión social
The Room (2003) ilustra cómo los defectos pueden convertirse en parte del espectáculo: sus proyecciones incluyen risas, gritos a la pantalla y cucharas de plástico lanzadas por el público.
Compartir la experiencia podría reforzar ese disfrute, pero conviene separar la hipótesis del resultado: el estudio no midió directamente el factor social. Tampoco sus pruebas equivalen a demostrar por qué gusta cada película de culto. Ofrecen, eso sí, una explicación posible: a veces no buscamos buen cine, sino una buena ocasión para reírnos.